El Perro de Piedra


Un poco mar afuera, no muy lejos del Castillo de San Jerónimo, se levanta una estructura coralina que ha sido fuente de muchas bellas canciones folklóricas y de cuentos y que conocemos como La Piedra del Perro. Observándola desde un ángulo recto, puede apreciarse claramente un perrito posado sobre la inmensa masa de coral, vigilando con paciencia el tranquilo mar abierto y la firme línea del horizonte.



Dice la leyenda que cuando el Castillo San Jerónimo era una fortaleza militar española a cargo de proteger la costa de la isla de ataques enemigos, vivía allí un joven soldado llamado Enrique, que por estar tan lejos de su hogar y familia, se sentía solo y nostálgico por lo que buscaba un compañero. A diferencia del resto de los soldados en el fuerte, quienes habían sido educados desde niños para convertirse en guerreros y militares, toda su vida Enrique había sido un sencillo agricultor que ingresó en el ejército buscando aventuras y viajes por lugares exóticos.

Un día, mientras paseaba por las calles del Viejo San Juan, oyó un doloroso quejido proveniente de uno de los callejones. Tirado en una cuneta, con una pata malamente herida, se encontraba un perrito abandonado, que Enrique con mucho cuidado tanteó el débil cuerpo macilento, sonrió y le dijo a la infeliz criatura “No te preocupes amiguito, pronto estarás sano y corriendo por ahí”.
Después de semanas de descanso, el perrito había engordado y se veía muy enérgico. Pegado a los talones de Enrique, le acompañaba a todas partes provocando así risas y comentarios de los otros soldados. Un día el oficial superior de Enrique le preguntó cuál era el nombre de su mascota, a lo que contestó “Se llama Amigo, señor”.

Meses más tarde se recibió la noticia que España necesitaba hombres en Cuba, por lo que Enrique cayó entre los que debían partir. Tristemente, Enrique se despide diciéndole a Amigo "No te preocupes, que yo regresaré, los compañeros aquí te cuidarán bien”. Amigo se quedó mirando el barco hasta que desapareció y entonces, se tiró al agua por uno de los lados del fuerte y nadó hasta llegar a un arrecife de coral que se encontraba en la base de la muralla. Subió a lo alto del arrecife y allí esperó el regreso del barco de Enrique, lo que continuó haciendo por muchos meses.
Otro día, se recibió la noticia de que mientras Enrique defendía su país en una brutal batalla naval, su barco se había hundido y con él todos los hombres a bordo. Todos los soldados en el Castillo San Jerónimo hablaban con tristeza de la tragedia y, a su manera, Amigo descubrió lo que había ocurrido. Traspasado de dolor, sin poder creer que su amo estaba muerto, nadó rápidamente hasta su puesto de vigilancia para continuar su interminable espera por el amo que nunca regresaría.

Pero aunque lujosos hoteles bordean la costa y modernos jets remontan el cielo convirtiendo el Castillo de San Jerónimo en un simple eco de su tiempo, asombrosamente, Amigo todavía se encuentra en el mismo arrecife, en el mismo lugar de su fiel vigilia, ahora convertido en piedra con el paso del tiempo, pero aun esperando fielmente el regreso de su amo.

Leyenda del Perro del Pescador.

El Puente Dos Hermanos es la entrada de Condado a la isleta del Viejo San Juan, alli como quien viene de Condado a mano derecha si se miran con detenimiento las protuberancias del arrecife de coral que emergen del agua entre el fuerte de San Jerónimo y el balneario de Condado podrán percatarse de que una de ellas asemeja la silueta de un perro parado en actitud vigilante.

Cuenta la leyenda que este noble animal acompañaba diariamente a su amo a realizar sus labores, El hombre era un pescador, natural del pueblito de San Mateo de Cangrejos, y todos los días muy temprano por la mañana hombre y animal en una frágil yola zarpaban a la mar en busca de su diario sustento.

Aquel día las condiciones del mar no eran las más adecuadas, amaneció tempestuoso y con mucho viento; temiendo por la integridad de su fiel compañero el pescador decidió echarse a la mar solo, dejando a su perro en la playa para que lo aguardará mientras él desempeñaba sus tareas.

Pasaron las horas y el can comenzó a desesperarse, tratando de acercarse más a la mar para poder divisar mejor a su amo se postró sobre el rompe olas y aguardó, y aguardó... Y sigue aún aguardando paciente y vigilante, mirando eternamente hacia el horizonte esperando poder ver de nuevo a su amo.

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